¿Qué me enseñó la Liposucción?

3 lecciones muy importantes acerca de la aceptación y el amor propio.

 

No sé si les he contado la historia de cuando tuve mi encuentro con la liposucción. De esto hace ya muchos años, pues sucedió cuando tenía 20 años. Si no la has escuchado, te invito a que sigas leyendo, pues en retrospectiva, la liposucción ha sido una de mis más grandes maestras.

 

La María antes de la lipo, era una obsesionada con las dietas, con el ejercicio y con nuevas estrategias para bajar grasa de áreas “no deseadas” (bueno, a quién quiero engañar, para reducir grasa de TODO el cuerpo).

 

Mi vida consistía en: levantarme a las 6 de la mañana, sentirme triste porque me sentía gorda, irme al gimnasio tempranito para alcanzar una clase de aerobics antes de irme clases y pelearme con el clóset hasta encontrar un pantalón o falda que escondiera mis caderas o como bien las conocemos en México:“Chaparreras”.

 

Las chaparreras son esas bolas de grasa que ni están en las pompas, ni están en las piernas, sino exactamente en un punto estratégico en medio de las dos, donde te deforma toda la nalga.

 

Una amiga de la infancia (que también sufría de sus chaparreras) y yo, las llamábamos “LAS BOLAS”.

 

Ni nalgona, ni piernuda: Boluda.

 

Todos los masajes reductivos, cremas con olor a caca de caballo, sentadillas aerodinámicas, pastillas para adelgazar y dietas a base de atún y limón, no fueron suficientes para siquiera hacerle la mínima reducción a “la bola”. Si enflacaba, enflacaba del busto, de donde ya de por sí había miserias (bueno, no miserias, pero si las de las piernas eran bolas, las del busto eran bolitas).

 

Es increíble la cantidad de sufrimiento que puede traer la percepción que tenemos de una parte de nuestro cuerpo.

 

Recuerdo ir a la Iglesia, cuando era vehementemente católica, y llorar en el altar para que Dios se compadeciera de mí y mágicamente me adelgazara. ¡Qué ridiculez! Llorar por algo tan banal y superficial como una parte del cuerpo. Bueno, ahora lo encuentro banal, pero en ese entonces, me parecía una petición muy importante.

 

Aunque mis amigas me veían siempre a dieta o siempre haciendo ejercicio, ninguna sabía verdaderamente el odio que le tenía a mi cuerpo. ¿Cómo iban a saber? Yo nunca se los conté. Qué vergüenza admitir que no te gusta verte en el espejo, o que uno de los objetivos más importantes en tu vida es querer ser más delgada. O que en más de una ocasión te has ido de una fiesta porque no te sientes cómoda con la ropa que traes puesta.

 

Qué tal poner tu vida en PAUSA de semejante manera.

 

Por tanto sufrimiento, tanto llanto, tanta frustración, tanto desgaste de energía y tanta falta de amor propio, tomé la decisión de hacerme una liposucción a la edad de 20 años.

 

El doctor me dijo que era la candidata perfecta: Mujer delgada que hace ejercicio y se cuida pero que tiene unas áreas de grasa desagradable. Eso quiere decir, que te haces la lipo y no lo vuelves a rebotar, al menos en teoría, porque te cuidas, no comes y te matas en el gimnasio. “¡Qué bien! ¡Soy candidata!”

 

Pues ya lista para entrar al quirófano, me pasan a la salita donde te circulan las áreas que te van a rebanar (SI, porque eso es lo que te hacen: te rebanan partes de tu cuerpo como si fueras jamón en la carnicería).

 

Mi intención era únicamente eliminar las bolas, pero ya dentro de la salita me dice el doctor que hay que eliminar parte de la nalga, y parte frontal de la pierna, donde están los cuádriceps, ya que sino, quedas deforme.

 

“¡Ay, qué alegría! 2 x 1!” fue lo primero que pensé.

 

Después, pasó por mi cintura y me dice que también hay que rebanar la parte de atrás para que se vea todo parejito.

 

Y para terminar, me dice que también hay que rebanar los brazos, ya ni me acuerdo por qué. Lo único que se salvó fue mi abdomen y mis pantorillas porque aparentemente todas las demás partes de mi cuerpo tenían grasa no deseada..

 

En verdad yo estaba emocionada. Iba a quedar ¡DIVINA! Imagínate, sin bola, ni lonja de atrás, sin brazo gordo y aguado. ¡Qué maravilla!

 

Entré al quirófano con una tremenda ilusión. Por fin todos mis problemas se iban a solucionar.

 

Lo único que recuerdo es despertarme a media cirugía, y gritarle al doctor “DUERMAME, DUERMAME”, porque escuchaba el sonido de la máquina que te raspa la grasa (que es la que me recuerda a la rebanadora de jamón) y el movimiento de los doctores mientras me sacaban “los excesos”.

 

Desperté varias horas después, vendada por todo el cuerpo, supremamente cansada y muy hinchada.

 

Mi tiempo de recuperación fue de aproximadamente 3 meses, de los cuales, el primer mes fue en reposo total. Sí, ¡en cama! Sin poder pararme más que al baño.

 

A mis amigas les había dicho que me dio un virus tremendo que me impedía salir de casa. ¡Qué vergüenza admitirles que me había hecho una liposucción!

 

Mi cuerpo era un moretón. Moretón desde los brazos, pasando por la parte de atrás de la cintura, las nalgas y los muslos.

 

Un moretón andando…

 

¡No veía el día en que se me deshinchara el cuerpo para ver mi transformación! Los primeros días obviamente estaba tan hinchada que era imposible ponerme mi ropa, ni la que me quedaba holgada.

 

Pero conforme fueron pasando las semanas, empezó a disipar la inflamación y nuevamente pude ver mis piernas y mis brazos. Pero no había quedado como yo había soñado! No se notaba una gran diferencia en las pompas. Así que, fui con el doctor a reclamarle, y efectivamente confirmó mis sospechas: “No había quedado bien.”

 

Así que, de regreso al quirófano para rebanar los últimos gramos de grasa que habían quedado.

 

Un par de semanas más después, lo había logrado.

 

¡Ya no había grasa!! ¡Ya no había bolas! ¡Lo que quedaba de las nalgas era un “ass” chiquito divino! ¡Qué bien me sentía! ¡Con qué confianza caminaba! Me sentía la mujer más atractiva del mundo. Orgullosa de mi cuerpo y de mis piernas. Por primera vez en mi vida me pude comprar unos jeans que se me vieran bien. ¡Qué va! ¡Se me veían espectaculares! ¡Talla 4! Pude tirar todos mis pantalones viejos a la basura pues me quedaban ¡volando!

 

Me levantaba en las mañanas con ganas de verme en el espejo y ver esa transformación. Claro, con un poco de culpa porque la transformación no había sido mía, había sido gracias al cirujano que coincidió en que mi cuerpo era inaceptable y tenía que ser rebanado para deshacerse de la grasa indeseable…

 

Mis amigas estaban anonadadas. “¡Wow Maria! ¿Qué te pasó?”

 

“Nada: me super enfermé y no comí en un mes.” ¡JA!

 

“Wow, pues qué bien te ves! La enflacada te cambió por completo el cuerpo!”

 

Por tal motivo no recomiendo que hagan comentarios a las personas que han bajado mucho de peso. Porque nunca sabes los esfuerzos sobrehumanos, crueles y de auto abuso que llevamos a cabo con nosotras mismas para portar la nueva talla. Al decirles qué bien se ven, podemos estar reforzando estos comportamientos.

 

Al par de meses, vuelvo a mi vieja rutina de hacer dietas y ejercicio extremo. El problema es que ahora la obsesión era aún peor que antes. La obsesión ya no estaba basada en el odio hacia mi cuerpo. ¡Ahora estaba basada en el MIEDO! Miedo a engordar, miedo a perder este cuerpo que tanto dolor me había costado.

 

Y así, con el paso de los años, fui subiendo poco a poco, cada kilo de grasa que perdí en ese quirófano. Cabe mencionar que nunca dejé de hacer ejercicio, y nunca dejé de hacer dieta. No, al contrario, persona más comprometida con su rutina no existía.

 

Pero no te puedes deshacer de algo que te pertenece. Y aparentemente, esta grasa era verdaderamente mía. Era parte de mi aprendizaje. Era mi maestra.

 

 

Y así, 7 años después de mi “gloriosa transformación”, después de años y años de más dietas y ejercicio, miedo y frustración, regresaron todos los kilos que había bajado.

 

La diferencia es que se empezaron a acumular en otras áreas de mi cuerpo que no tenía contempladas como en mi glorioso abdomen que se había salvado de la “rebanación”. Y aunque las bolas nunca volvieron a salir tal como antes, las nalgas y los muslos crecieron. Sigo siendo una mujer “caderoncita” y no tengo los brazos de Jennifer Aniston.

 

La frustración y el auto desprecio volvieron. La ansiedad se volvió parte de mi rutina diaria así como otros pensamientos y creencias tóxicas que me regresaron a la cárcel de la que pensé me había liberado….

 

¿Qué pude aprender de todo esto?

 

Claro está, me di cuenta de todo este aprendizaje mucho tiempo después, ahora que me he liberado de las dietas, de la necesidad de tener un cuerpo que no es mío, y de las creencias tóxicas falsas que me decían que así como yo era, no era suficiente.

3 lecciones muy importantes que me enseñó la lipo:

 

1. La grasa y el peso son un mensajero. Si tratas de eliminarlo sin escuchar el mensaje, éste regresa. Mi grasa regresó, todos y cada uno de los kilos regresaron, sólo que se acomodaron en diferentes lugares. No hubo transformación, ni interna ni externa. La lucha con el cuerpo terminó hasta que aprendí que nunca iba a poder tener un cuerpo diferente al que ya tenía y que la ruta de la aceptación iba a ser más fácil y pacífica que la que había emprendido por 15 años.

 

2. La transformación verdadera únicamente puede suceder desde adentro. Nunca de afuera. Yo traté de transformar mi cuerpo de afuera hacia adentro, pensando que cuando tuviera el cuerpo perfecto iba a ser feliz, iba a deshacerme de la frustración y el odio hacia mi cuerpo. Pensé que iba a tener confianza y que iba a poder lograr todo lo que me propusiera. Vaya mi sorpresa que el miedo y el odio hacia mi cuerpo nunca se fueron. Se quedaron dormidos, y despertaron cuando mi cuerpo empezó a tomar la forma que tenía antes. Mi confianza fue efímera. Tan sólo duró un par de meses, ya que ésta se fue desvaneciendo con cada gramo de grasa que se acumulaba.

 

3. El amor hacia tu cuerpo no puede ser condicional. “Te amo sólo si no tienes bolas.” “Te amo sólo si tienes brazos flacos.” “Te amo si se va la celulitis.” El amor hacia tu cuerpo, para una verdadera liberación, tiene que ser INCONDICIONAL, aún con la bola, aún con la grasa, aún con la celulitis. Parece difícil, pero es más fácil que seguir en guerra contigo misma, culpando a tu cuerpo porque no cumple la estúpida expectativa a la que lo has sometido.

¿Me arrepiento de haberme hecho la liposucción? No. ¿Si tuviera que hacerlo todo de nuevo, lo volvería a hacer? Posiblemente sí. Este ha sido parte de mi aprendizaje como ser humano y me recuerda todos los días que todavía tengo mucho que aprender y evolucionar. Me enseña que todavía tengo que aprender a amar mi cuerpo incondicionalmente, no sólo cuando me gusta lo que veo.

 

Sin la liposucción, quizás nunca hubiera aprendido a declararle la paz a mi cuerpo y empezar el camino de la aceptación. 

 

Pero lo más importante, me permite compartir con ustedes este pedazo de experiencia que me hizo darme cuenta que la verdadera felicidad corporal, la verdadera confianza, el verdadero placer no está en tener el cuerpo perfecto. Vaya, yo lo tuve por un par de meses muy cortos. Sino en aceptar el cuerpo perfecto que ya tenemos.

 

Si de alguna forma te identificas con mi historia, te comento que la transformación interna SÍ es posible. He sido testigo de cientos de transformaciones, desde adentro hacia afuera.

 

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